jueves, 4 de agosto de 2011

Tontos

El tema que tenía pensado para esta entrada era otro, pero la actualidad esta vez ha hecho que mi fabulosa idea para postear se vea pospuesta.
Si me habéis leído a menudo os habréis percatado de que me gustan las frases absolutas. Algunas han sido más polémicas que otras, para gustos los colores, pero creo que todos estaremos de acuerdo con lo que voy a decir a continuación.
Si el dinero fuese como los tontos no habría crisis económica, porque si matas a cien te aparecen doscientos con una rapidez pasmosa.
A veces pienso que los locos que creen que los extraterrestres controlan nuestras vidas están en lo cierto, porque me cuesta creer que una raza en la que lo normal es encontrarte gente tan tonta haya llegado a evolucionar como lo ha hecho sin ayuda exterior.
Todo esto viene a cuento de que me he puesto a leer el periódico y me he encontrado con el siguiente titular: "Un adolescente construye un túnel en la playa y se queda más de media hora enterrado". Hace falta ser imbécil.
Una ex mía me dijo una vez que a todos los tontos nos daba por hacer hoyos en la playa. No le faltaba razón a  la mujer, porque yo soy el primero que lo hace y aún no entiendo muy bien la razón. Si buscamos en la RAE  la palabra "tonto", la primera acepción es "Falso o escaso de entendimiento o razón", con lo que la definición no podía ser más acertada para definirnos a aquellos que compartimos tan absurdo pasatiempo.
Pero si el grado de estupidez se mide por lo hondo del agujero, este tipo se lleva la palma. Os cuento. Al sujeto en cuestión, al que vamos a llamar "tonto de los cojones" se le pasó por la cabeza que sería graciosísimo hacer un túnel por debajo de la arena de la playa. Seguro que un amigo le dijo, "¿qué te juegas a que hago un hoyo más grande que el tuyo? y él pensó " 'pa' cojones los míos". Ante tan descabellada idea no hace falta ser muy listo para suponer que los conocimientos de ingeniería del tipo no eran muy avanzados, con lo que con el proyecto a medio terminar y en pleno fervor excavatorio se le vino el túnel encima.
Si algo no se le puede negar al "tonto de los cojones" es que no sabrá cómo hacer un túnel, pero tiene brío y dotes para mover arena cual topo ibérico. En el vídeo en el que la gente desesperada trataba de buscarle se ve a no menos de veinte personas con palas excavando durante cerca de veinte minutos para llegar al punto en que nuestro constante pero estúpido amigo se encontraba enterrado. ¡Pedazo de hoyo el que excavó el amigo! Si ya lo dice la sabiduría popular, que cuando a un tonto le da por una cosa...
Todos los allí presentes pensaban asustados que Dios había hecho una excepción y por una vez había castigado la estupidez con una merecida muerte hasta que se oyó una voz que gritaba "se mueve". No tengo muy claro si esa expresión era de alivio o de decepción con el Santísimo por dejar que semejante especimen pueda serguir vivo y traspasar sus genes de estupidez a la siguiente generación en un bucle sin fin que nos llevará a involucionar hasta convertirnos en lombriz. Por cierto, si no os habéis dado cuenta, una lombriz es un tonto evolucionado hasta el extremo, porque tratas de matar a una cortándola en dos cachos y te encuentras con dos lombrices al final del proceso.
Ahora nuestro querido amigo el "tonto de los cojones" ha salido en telediarios de medio mundo y, como es tan desvergonzadamente imbécil seguro que estará en el hospital diciendo "mira mama, salgo en la tele". Pero eso no es lo peor, porque cuando vuelva a su barrio habrá multitud de amigos y chicas con las tetas gordas que le harán el líder de la pandilla. Los primeros le admirarán e intentarán acabar el túnel inconcluso de su amigo en cuanto vuelvan a pisar la playa (esperemos tener suerte esta vez y que mueran en el intento)  y las segundas restregarán sus descomunales melones sobre la cara del "tonto de los cojones", que visto así... a lo mejor no es tan tonto.
Pero como de todo hay que sacar un mensaje positivo hay que decir que la mayoría de gente es tonta pero buena al fin y al cabo, porque, tal y como veréis en el vídeo, en esta historia hay dos cosas de sobra representadas: la estupidez y las manos para ayudar a salvar la vida de un estúpido. Siguiendo la teoría de mi ex, todos los que participan en el rescate deben de ser también tontos porque todos están excavando en la arena de la playa. Porque como ya he dicho, la mayoría de los tontos también somos buenas personas.

Vídeo del heróico rescate.

No dejéis de leer mi próxima entrada: "Tres formas de dejar a una mujer" (aunque primero necesitáis alguien a quien dejar. Así que salid a la calle y buscad una mala mujer. Es fácil, de esas abundan)

miércoles, 20 de julio de 2011

Crisis

Cuando empecé a escribir este blog uno de los principales motivos para hacerlo era relataros los pormenores de un hombre acercándose a la treintena con una alopecia incipiente en plena crisis de los treinta. Como si de una terapia se tratase, la crisis de los treinta pareció superarse con las primeras entradas. Lo que en principio podría parecer una putada resultó sin embargo el único buen ejemplo de ese extraño síndrome del escritor que lo lleva a tener ideas durante todo el día excepto al sentarse a escribir. Así el verme obligado a escribir sobre mi crisis hizo que la crisis desapareciera. Bendito sea Dios. Pensé en escribir un blog sobre la alopecia pero dudo mucho de que tenga los mismos resultados.

Sin embargo, el hecho de superar la crisis de los treinta no hace que no sufra las crisis correspondientes a la edad,lo que pareciendo igual es muy distinto. Hoy toca hablar de la crisis generacional de los nacidos en la órbita del comienzo de la década de los ochenta (que empezó en 1981 y no en 1980, como cree la mayoría).

Dice la RAE que la crisis es una "mutación importante en el desarrollo de otros procesos, ya de orden físico, ya históricos o espirituales". Me parece una definición muy adecuada para describir a los nuevos treinteañeros. Somos la generación de los cambios, la que se ha criado en base a unos principios que, sin saber muy bien cómo ni por qué, ya no valen.

Nada de esto sería un problema si al menos tuviésemos claro cuáles son las nuevas reglas, pero si lo supiésemos no seríamos la generación de la crisis. Somos los hijos de la última generación que entró de aprendiz a trabajar a una empresa en la que todo apunta que va a ver la jubilación, los hijos de la generación que tenía claro que su objetivo era encontrar un trabajo fijo, encontrar una pareja, casarse, comprar un piso en el pueblo o en una ciudad del extrarradio, tener hijos y darles todo aquello que a ellos les faltó para tener una vida mejor. La parte del piso en el extrarradio era el único giro argumental de relevancia entre el guión que seguían nuestros padres y el que seguían los suyos y a su vez los padres de estos. Esta vida tenía todos los peros que uno quiera ponerle pero sin embargo era un camino mucho más recto hacia la felicidad, porque proveía a los que la vivían de algo de lo que carecemos los treinteañeros de hoy día: una ruta a seguir. Es muy complicado ser plenamente feliz cuando uno no sabe adónde va y la vida se va convirtiendo en una serie de bandazos que uno controla con mayor o menor fortuna. Así que, sintiéndolo mucho por nuestros padres, dándonos lo que no tuvieron no nos hicieron más felices, muy al contrario, nos desorientaron.

La parte económica, muy al contrario de lo que sería previsible con la que está cayendo, no me parece que haya sido un retroceso importante. El hecho de que los trabajos hayan reducido su duración permite no aburrirse con una vida de hacer lo mismo todos y cada uno de los días que faltan para la jubilación de uno. Yo me sentiría muy frustrado sabiendo que de aquí a los 67 lo único que voy a hacer en mi vida profesional es hacer pan, poner ladrillos, vender ropa, vender hipotecas, hacer fotocopias o vender acciones en bolsa(con todo el respeto y agradecimiento a aquellos que lo han hecho por mí y por los que yo quiero).

Lo malo es que hemos asumido que esta provisionalidad en el trabajo y en el lugar de residencia lo es también en el plano sentimental. Ese es el salto generacional más grande que se ha producido en la España de los últimos treinta años. Soy de la generación que se sorprendía porque los padres de sus amigos se separasen. Lo normal en la generación de nuestros padres era encontrar a una muchachita de quince años en el pueblo, propio o colindante, de la que se enamoraban con una ternura hoy perdida y con la que se casaba. Una vez casados esa relación acababa con la muerte o la viudedad, lo cual es precioso. Sin embargo, si me pongo a recordar las relaciones de mis amigos supongo que me pasará como a vosotros,que contamos nuestras relaciones por fracasos, que los "novios de toda la vida" son los menos y, no nos engañemos, una vez casados la estadística juega en su contra.

El principal problema es que ni siquiera entre nosotros mismos nos ponemos de acuerdo en si esto es bueno o no. En las reuniones de amigos en las que se habla de los beneficios de la soltería es difícil no ver un halo de envidia en las parejas de toda la vida, quienes pregonan su felicidad seguramente con mucha sinceridad pero puede que para acallar la parte de su cerebro que les susurra las preguntas que les hacen cuestionarse si están enamorados, resignados o ambas cosas. Los solteros por otro lado hacemos básicamente lo mismo solo que desde nuestro campo de batalla. Nos empeñamos en repetir lo felices que somos estando solos, pero la dura realidad es que felicidad y soledad son términos incompatibles.

Qué está bien y qué está mal es algo que no sabría afirmar. Solo tengo claro que no somos tan viejos como somos ni tan jóvenes como nos creemos y que no hacemos nada en concreto a pesar de hacerlo todo. Deberíamos tomar un rumbo, no creo que deba ser lo que hacían nuestros abuelos pero tal vez debiera parecerse mucho. Combinar libertad, amor y un rumbo con la ambición y el no resignarse es una misión que nos ha superado como generación y, me atrevería a decir, que también como individuos.

El triunfo se consigue cuando se sabe distinguir la lucha de la testarudez, cuando podemos diferenciar la rendición del fin de un ciclo, cuando sabemos dar un par de pasos atrás para poder saltar mejor hacia adelante y, sobre todo, cuando se sabe en qué momento emprender la huida supone una victoria. Pero hemos optado por defender ciegamente nuestros principios (si es que existen) con la excusa de la libertad, ahogándonos en la incertidumbre y la infelicidad en lugar de aceptar que no existe libertad sin felicidad.

¿Cuál es la salida? No tengo ni idea.

       

sábado, 9 de julio de 2011

Vuelta a la infancia.

     Lo más bonito que tiene un niño es la capacidad de ilusionarse con cosas pequeñas y estúpidas. Con esa edad toda pequeña experiencia es tan excitante que uno se convence de que va a haber un antes y un después de ella.

     Tenía yo poco más de siete años cuando una tarde mis padres me compraron un kit de tenis marca Makro en  el hipermercado Makro que constaba de tres pelotas de tenis y dos raquetas que pesaban más que yo en aquellos momentos. Al verlo no pude más que fliparlo en colores. Era increíble tener eso. Las raquetas tenían su funda negra con cremallera, lo que les otorgaban un aire profesional que ni en mis mejores sueños podría haber imaginado. Una vez en casa frente a frente con mis dos raquetas tuve que afrontar el durísimo hecho de que era hijo único y con una vida interior tan grande e intensa que, con siete años, me había llevado a no tener ningún amigo y que haría que con veintinueve decidiese escribir una entrada en un blog en lugar de estar emborrachándome por ahí, que es lo que hace la gente guay un viernes por la noche (no tengáis vida interior, es una putada). La cuestión es que tenía las que, en mi opinión, eran las dos mejores raquetas jamás fabricadas y nadie con quién jugar.

     Recuerdo que una tarde mi madre, que tenía una honda preocupación con el hecho de que la citada vida interior de su hijo era tan grande que éste ni siguiera veía la calle, me dijo que nos bajásemos a jugar al tenis los dos. La experiencia como tenista de mi madre venía a ser la misma de su hijo, es decir nula. De hecho antes de bajar a la calle conmigo siguió el ritual ya perdido que existía en las madres de los ochenta de arreglarse para salir a la calle siempre que fuesen a hacer algo distinto a ir a comprar. En el barrio no había nada parecido a un campo de tenis, con lo que nos tendríamos que bajar a jugar entre los árboles y la arena. Así que ahí estábamos mi madre, con tacones, maquillada y de punta en blanco, y yo con dos raquetas que pesaban un quintal, jugando al tenis sin tener ni idea en un campo de arena. Por supuesto que no fuimos capaces de dar dos golpes seguidos, pero no tengo palabras para describir lo feliz que me sentía en aquel momento. Estaba jugando al tenis con mi superkit de tenista profesional del Makro. En mi mente tenía claro que ese era el primer paso para ganar el Roland Garros, que no me quedaría más en casa, puesto que había descubierto mi pasión y entrenaría como nadie ha entrenado jamás para hacer de mí al tenis lo que Oliver Aton (Capitan Tsubasa) era al fútbol.

     Por supuesto no volví a coger una raqueta hasta una década más tarde. Y lo haría para echar la tarde con mis amigos en el polideportivo. Pero ese momento tuvo la magia que solo un niño puede sentir.

     Pues bien, recientemente me he vuelto a ilusionar con algo de la manera que un niño se ilusiona con las cosas. ¡Mañana me voy a la playa! O al menos eso creía hasta hace un rato.

     ¿He mencionado alguna vez en este blog que ser un niño es una mierda? Pues si no lo he hecho lo hago ahora. Ser un niño es una mierda y lo de tener ilusión por las cosas es una fuente infinita de frustración que debería estar penada por ley, o al menos alguien tendría que tener la decencia de inventar una pastilla que nos hiciese inmunes a ella.

     Sé que la ilusión por los Reyes Magos es algo indescriptible que nos hizo a todos sentir energía para no portarnos como unos cabrones durante todo el año ante el inocente temor de que Baltasar (me lo imaginaba a él porque nunca he sabido quién era Melchor y quién Gaspar), cubierto de pieles estuviese en pleno agosto a las tres de la tarde encaramado a la jardinera de nuestra terraza pasando un calor de mil demonios con el único objetivo de vigilar si dormíamos o no dormíamos la siesta como nos pedía nuestra madre. Por cierto, nunca entenderé por qué las madres de nuestra época consideraban tan importante para nuestro desarrollo personal el dormir la siesta en la infancia, que era cuando no queríamos, y sin embargo nos reprendian por dormirla al aproximarnos a la veintena."¡Te pasas toda la tarde durmiendo en lugar de hacer algo de provecho!".

     Pero toda esa ilusión que te hizo soportar en silencio las interminables tardes de verano con papá y mamá cumpliendo la más noble de las tradiciones españolas, consistente en roncar de una y media a tres con un documental de La 2 de fondo; esa ilusión que te empujaba a acabar esas torturas veraniegas llamadas "Vacaciones Santillana" y a hacer concienzudamente los deberes todas las tardes a partir de Septiembre; todo eso se venía abajo cuando el día de Reyes comprobabas horrorizado que el miserable castillo de Lego había sustituido a tu anhelado Batrus de Madelman 2050*. No hablemos ya de la tristeza que invadió nuestro cuerpo al vivir el primer 6 de enero conscientes de que SS.MM. los Reyes magos no se llamaban Melchor, Gaspar y Baltasar sino Ramón Areces y más tarde Isidoro Álvarez. Con tantas esperanzas e ilusiones puestas durante toda nuestra vida en aquella fecha y a final de cuentas se había convertido en un segundo cumpleaños con la salvedad de tener que compartirlo con el resto de niños del mundo que, por supuesto, tenían regalos más molones que los nuestros.




* Batrus: Posiblemente la fuente de diversión más perfecta jamás creada; con alas; un habitáculo para sentar a tu Madelman preferido como piloto; pinzas y la función que hizo de la generación de los 80 hombres como Dios manda: disparar misiles con la entrepierna. Ya no se hacen juguetes como este.


     Pues, como os había indicado antes, yo tenía la ilusión de irme mañana a la playa con mi compañero de piso. No se lo he ido contando a todo el mundo porque ya rondo la treintena y parecería de gilipollas hacerlo. Pero hoy, nada más salir del cine de ver el reeestreno de "Harry Potter y la Piedra filosofal" me he ido como un gilipollas al supermercado a comprarme un bañador para mañana poder mojarme el culo en agua salada después de tres años de sequía culeril. He llegado a casa como un puto crío chico ilusionado con enseñar mi superbañador nuevo de £2,5 y concretar la hora de salida para mañana. ¡Y no hay ni dios en casa!

    Así que ahora me siento como al abrir el envoltorio del puto castillo de Lego y no encontrar a Batrus en su interior. Todo me hace pensar que mi compañero de piso se ha ido por ahí de fiesta pesando que no vamos a ir por no haber concretado nada. Todo me hace pensar que mañana a las nueve de la mañana estará de resaca o todavía borracho y me mandará a la mierda cuando le diga que nos vamos a Brighton. Todo me hace pensar que mañana corroboraré que es una mierda tener ilusiones por las cosas. 


   Y también me planteo por qué carajo  me tiene que dar a mí últimamente por ilusionarme tanto por todo. En serio, esto no me pasaba hace unos años y me tiene preocupado. El regreso de costumbres e instintos infantiles es uno de los rasgos de la vejez, cuando los señores y señoras de ochenta años vuelven a hacer dibujos con cera y palabras con macarrones. Yo que estaba tan contento por haber superado la crisis de los treinta teniendo solo veintinueve y Dios castiga semejante precocidad adelantándome la de los setenta sin tan siquiera dejarme sufrir la de los cuarenta. 

   ¿Tendrá esto algo que ver con mi alopecia galopante? ¿Será que voy a ser el primer ser humano en cumplir sesenta sin llegar a cumplir treinta? ¿Es por eso que tengo estas ganas de volver al país donde me crié,de sentir el calor del sol que me vio nacer y de compartir unas cervezas con aquellos que me vieron afeitarme la pelusa del bigote por primera vez? No lo sé. Solo sé que ahora mismo preferiría haberme gastado las dos libras y media del bañador en cervezas y no tener la sed ni la lucidez que tengo. Y solo tengo la certeza de que esta ciudad es demasiado grande, la vida demasiado triste o yo demasiado tonto.